Al principio, nuestro grupo fue solo una idea, un sueño... Ahora, somos los Niños del Caparasol. Nos gusta jugar con las palabras, enredarlas en versos. Utilizaremos este espacio para contaros nuestras actividades, escribir poemas, conocer a nuestros poetas preferidos y divertirnos jugando con la poesía.
miércoles, 29 de enero de 2014
lunes, 23 de diciembre de 2013
Donde nace Dios
(Cuento-parábola del
pasado-presente)
Pero traigo una orden. Desde hoy, esta ya no será su casa. Se tienen que marchar, resolvió el hombre.
Pero es injusto, se opuso José.
Mi hijo necesita un hogar donde nacer, insistió María.
Yo no entiendo de niños, señora; solo de órdenes. Y esta es una diligencia de embargo, una orden seria.
Pero no tenemos adónde ir, alegó José.
Somos inmigrantes y pobres, dijo María.
Y el hombre leyó en voz alta la orden. Luego no dijo nada más.
María dejó que las lágrimas borraran su rabia y escuchó a su hijo que le hablaba desde dentro.
Preparó entonces un hato con ropa para su bebé. Lloraba.
José guardó el poco dinero de que disponían. Dio la mano a María y se marcharon.
Vagaron por la ciudad. Llamaban a las puertas, pero nadie se fiaba.
Ya cansados, y como María sintiera los síntomas primeros, de detuvieron.
La noche bajó a las calles, sin estrellas. Las estrellas se habían quedado arriba, en el cielo; les estaba prohibido bajar a la tierra por si les tentaba quedarse en el mar.
Buscaron algún rincón al abrigo, pero solo hallaron un techo sin casa, un proyecto de hogar.
El frío se adueñaba de ese espacio esquelético sin paredes ni puertas. Congelaba el llanto, la esperanza y la risa.
Si al menos hubiese habido por allí algún buey, una oveja o una vaca…
Pero solo se oía a los perros vagabundos que aullaban su soledad, el suspirar de los borrachos, el ronquido de los mendigos, el deambular de los desalojados…
De pronto, el niño de María cruzó el umbral de mundo; se desgarró de su madre.
Entonces, José se atrevió a cortar el cordón umbilical.
María lo apretó contra sus latidos, le ofreció su calor y lo envolvió con las ropitas que atesoraba para él.
Y como el frío también se colaba por entre las ropas, José se despojaría de su abrigo y se lo cedería a María y a su hijo.
No había estrella de Belén, pero el cartel luminoso del bar de enfrente haría las veces de estrella.
También faltaban pastores y ovejitas, el panadero, granjeros y gallinas, el herrero, las mujeres lavando en el río, y el río con sus patos y sus peces, los arrieros y sus burros… y hasta los Reyes Magos y sus camellos.
Para el castillo de Herodes bien podría servir el edificio de pisos todo de cristal de la calle de al lado.
El niño sollozaba. Su madre cantaba: «A dormir mi niño, a soñar mi amor, que la noche está oscura y la luna hace de farol».
Un mendigo que acertó a pasar por allí sería el primero en contemplar al niño.
Como quedase maravillado, corrió a dar la buena noticia a los otros mendigos.
Al poco iban llegando. Asomaban por todas las esquinas con sus vasos de plástico sin monedas y sus cartones usados.
Luego acudieron los borrachos, los de sin techo, las mujeres que hacían la calle, y también los jóvenes del botellón…
Y rodearon al niño y a sus padres. Improvisaron paredes humanas, y puertas, y ventanas; les brindaron su apoyo y su aliento.
Y todos juntos comenzaron a cantar villancicos de amor y nanas de luna y luz de farol.
Mientras, y a causa de los cánticos, los vecinos del barrio se asomaron a la ventana; no podían dormir. Protestaban.
Llamaron a la policía. Las sirenas quebraron las calles. Fueron al lugar.
Y se quedaron…
Bajaron entonces los vecinos y se unieron al coro.
La radio, el diario, la televisión… comunicarían la Gran Nueva.
Los autobuses llegaban cargados de viajeros. Venían de todas partes. Y como magos, traían regalos y alimentos.
Todos deseaban obsequiar al niño.
Amanece en la ciudad y en el corazón de los hombres una vez más.
Es Navidad.
por Isabel Jiménez
No podemos irnos,
dijo María.
María está ya
cumplida, continuó José.Pero traigo una orden. Desde hoy, esta ya no será su casa. Se tienen que marchar, resolvió el hombre.
Pero es injusto, se opuso José.
Mi hijo necesita un hogar donde nacer, insistió María.
Yo no entiendo de niños, señora; solo de órdenes. Y esta es una diligencia de embargo, una orden seria.
Pero no tenemos adónde ir, alegó José.
Somos inmigrantes y pobres, dijo María.
Y el hombre leyó en voz alta la orden. Luego no dijo nada más.
María dejó que las lágrimas borraran su rabia y escuchó a su hijo que le hablaba desde dentro.
Preparó entonces un hato con ropa para su bebé. Lloraba.
José guardó el poco dinero de que disponían. Dio la mano a María y se marcharon.
Vagaron por la ciudad. Llamaban a las puertas, pero nadie se fiaba.
Ya cansados, y como María sintiera los síntomas primeros, de detuvieron.
La noche bajó a las calles, sin estrellas. Las estrellas se habían quedado arriba, en el cielo; les estaba prohibido bajar a la tierra por si les tentaba quedarse en el mar.
Buscaron algún rincón al abrigo, pero solo hallaron un techo sin casa, un proyecto de hogar.
El frío se adueñaba de ese espacio esquelético sin paredes ni puertas. Congelaba el llanto, la esperanza y la risa.
Si al menos hubiese habido por allí algún buey, una oveja o una vaca…
Pero solo se oía a los perros vagabundos que aullaban su soledad, el suspirar de los borrachos, el ronquido de los mendigos, el deambular de los desalojados…
De pronto, el niño de María cruzó el umbral de mundo; se desgarró de su madre.
Entonces, José se atrevió a cortar el cordón umbilical.
María lo apretó contra sus latidos, le ofreció su calor y lo envolvió con las ropitas que atesoraba para él.
Y como el frío también se colaba por entre las ropas, José se despojaría de su abrigo y se lo cedería a María y a su hijo.
No había estrella de Belén, pero el cartel luminoso del bar de enfrente haría las veces de estrella.
También faltaban pastores y ovejitas, el panadero, granjeros y gallinas, el herrero, las mujeres lavando en el río, y el río con sus patos y sus peces, los arrieros y sus burros… y hasta los Reyes Magos y sus camellos.
Para el castillo de Herodes bien podría servir el edificio de pisos todo de cristal de la calle de al lado.
El niño sollozaba. Su madre cantaba: «A dormir mi niño, a soñar mi amor, que la noche está oscura y la luna hace de farol».
Un mendigo que acertó a pasar por allí sería el primero en contemplar al niño.
Como quedase maravillado, corrió a dar la buena noticia a los otros mendigos.
Al poco iban llegando. Asomaban por todas las esquinas con sus vasos de plástico sin monedas y sus cartones usados.
Luego acudieron los borrachos, los de sin techo, las mujeres que hacían la calle, y también los jóvenes del botellón…
Y rodearon al niño y a sus padres. Improvisaron paredes humanas, y puertas, y ventanas; les brindaron su apoyo y su aliento.
Y todos juntos comenzaron a cantar villancicos de amor y nanas de luna y luz de farol.
Mientras, y a causa de los cánticos, los vecinos del barrio se asomaron a la ventana; no podían dormir. Protestaban.
Llamaron a la policía. Las sirenas quebraron las calles. Fueron al lugar.
Y se quedaron…
Bajaron entonces los vecinos y se unieron al coro.
La radio, el diario, la televisión… comunicarían la Gran Nueva.
Los autobuses llegaban cargados de viajeros. Venían de todas partes. Y como magos, traían regalos y alimentos.
Todos deseaban obsequiar al niño.
Amanece en la ciudad y en el corazón de los hombres una vez más.
Es Navidad.
domingo, 29 de septiembre de 2013
Vuelven los versos
Al llegar el otoño, los versos se visten de color ocre y anaranjado. Caen en forma de lluvia y esponjan la tierra reseca de sol; la dulcifican. Es tiempo de sueños y de membrillos; de buscar el abrazo y los juegos en el hogar; de versar el sonido del mar, ya lejano; es tiempo para amasar poemas.
El otoño es para los poetas.
En septiembre, los niños, curtidos de sol, visten de nuevo el patio del colegio. En el fondo de sus bolsillos aún resta arena y algún tesoro hallado durante el largo verano. También guardan versos para ser desplegados.
El
otoño es para los versos.
Y
los versos son para los niños.
Os dejo este bonito video del poema de Rubén Darío.
A Margarita Debayle (de Rubén
Darío). Recitan: Jaime Calero (narrador), José Grande (rey), Mar Cepero
(Margarita), María Ruiz (papá), Natalia Coello (Dios).
domingo, 9 de junio de 2013
Todo está en la palabra
Las palabras brillan como gemas. Son agua, luna, sal, rocío. Tienen alas, corazón,
brazos… Viven en la flor.
Las
palabras en boca del anciano recuerdan. Son lentas, suaves y sabias.Las palabras en boca de los niños sueñan. Son saltarinas, ríen y cantan.
Los pequeños coleccionan palabras, las miman y atesoran. Florecen en su boca y anidan en su corazón.
Las palabras les sirven de alimento para crecer.
Pero… ¿con qué clase de palabras alimentamos a nuestros niños?
Si les damos palabras de cariño, el niño se sentirá agradecido.
Si son de ánimo, crecerá fuerte.
Si las palabras son de paz, amará el mundo.
Si son de colores, aprenderá la alegría de vivir.
La poesía es el hada de las palabras. A la poesía le gustan los niños, y a los niños les gusta la poesía.
Ellos muestran una tendencia natural por la creación literaria. Juegan con las palabras, las desarman, las mecen, las estrujan, las repiten, las nombran. Solo necesitan que alguien guíe sus pasos de poeta.
Porque la poesía, igual que la música, tiene un poder curativo. Ambas se llevan bien. Y gracias a estas damas tan finas y elegantes podemos elevarnos, amar, soñar…
A través del cristal de los versos, el niño observa el mundo con sus ojos de niño. Aprende a respetar las diferencias, se detiene en lo esencial, crece en valores y admira la obra de los otros, descubre la belleza de la vida, se hace mejor persona.
Al recitar se desata su entusiasmo, comparte y escucha a su corazón.
Alimentemos, pues, a nuestros niños de palabras amables. Palabras que despierten en ellos el gozo de ser niño, de crecer, de jugar, de vivir.
Facilitémosles el acceso a la poesía.
Y sustituyamos las voces y los ruidos por los bellos sonidos de la música.
Seamos felices para que
nuestros niños también lo sean.
Isabel Jiménez
Isabel Jiménez
miércoles, 22 de mayo de 2013
SEGUNDO RECITAL POÉTICO-MUSICAL «VERSOS EN CLAVE DE SOL»
SEGUNDO RECITAL POÉTICO-MUSICAL
«VERSOS EN CLAVE DE SOL»
Lugar de
celebración: Aula Magna del Centro Cultural de Puertollano. Día y hora: 7 de junio a las 19
horas.
- Presentación a cargo de Eduardo Egido. Director del Centro Cultural.
- Intervención de Adolfo Múniz. Director del Conservatorio Pablo Sorozábal.
- Jaime Calero da la bienvenida.
- Todo está en la palabra, por Isabel Jiménez.
- Un poema de Juán Ramón Jiménez. Recitan: Mar Cepero e Isabel Jiménez.
- Presentación a cargo de Eduardo Egido. Director del Centro Cultural.
- Intervención de Adolfo Múniz. Director del Conservatorio Pablo Sorozábal.
- Jaime Calero da la bienvenida.
- Todo está en la palabra, por Isabel Jiménez.
- Un poema de Juán Ramón Jiménez. Recitan: Mar Cepero e Isabel Jiménez.
El corazón que tenía en la escuela de Federico García Lorca. Recitan: Marcos Castro y Francisco Grande.
Agua, ¿dónde vas? de Federico García Lorca. Recitan: Marcos Castro y Francisco Grande.
Canción tonta de Federico García Lorca. Recitan Jonathan Castro y Claudia Pérez.
Romance de la luna luna de Federico García Lorca. Recitan: Natalia Coello y María Ruíz.
Yo te miré a los ojos de Federico García Lorca. Recita: Mar Cepero.
MÚSICA
Quiero la lluvia, quiero tu amor de Isabel Jiménez. Recitan Azahara Camacho y José Grande.
Las cosas que hace el viento de Antonio García Teijeiro. Recitan: Jaime Calero
Caracola de mar de Juan Cruz Iguerabide. Recita: Mar Cepero.
NANAS POPULARES. Recitan: Todos los niños del Caparasol.
Duerme, duerme negrito. Canción popular de origen caribeño. Cantan todos
MÚSICA
1—Mi reina de los montes. Recitan: María Ruíz, Natalia Coello y Marta Coello.
2—Se enojó la luna. Recitan: Claudia Pérez y Jonathan Castro.
3—La luna y el rocío. Recita: Zuleima Valverde.
4—Luna, lunita. Recita: Marta Coello.
Cuento de la sirena de Marta. Sirenas de Zuleima. Poemitas de Azahara. El pintor arco iris de María. El mar cantor de Jaime. El pajarillo y el sol de Natalia. El color del mar de Francisco. Luna y Mar de José Grande. Silencio en el mar de Blanca. Mi mamá es un ángel (acróstico) de Mar. Acurrúcame en tu ala (acróstico) de Claudia. El corazón de la montaña de Marcos. Por qué llora el espantapájaros de Jonathan.
Ronda para un niño chileno de Chavela Vargas (homenaje en su 97 aniversario). Cantan todos.
viernes, 17 de mayo de 2013
Poemas a mi madre
Aquí os dejo estos acrósticos, creados por Mar
y Claudia para su mamá.
Mi
mamá es un ángel
Mi mamá buenos consejos me da
A
mí me gustaría ser igual de mayor
De todo lo malo me quiere librar
Recuerdo todos los días al acostarme
El gran amor que me tiene mi madre.
Mar
Acurrúcame
en tu ala
Mamá, acurrúcame en tu ala
Ayúdame a dormir.
Dulce mamá, acurrúcame y
Ronda mi sueño.
Enséñame a vivir.
viernes, 3 de mayo de 2013
Los poemas de Natalia
Pequeños poetas
Cosas del sueño
Yo vi una
nube
dormida en
el suelo,
y un
rinoceronte
con alas y
sombrero.
Y un pez
que nadaba
en el cielo.
Cosas
mías,
misterios
del sueño.
Ojos de poeta
Me han
nacido ojos,
ojos de
poeta.
Y soy un
pajarillo
que vuela
ligero.
Una rosa,
un jilguero…
Mis ojos
alcanzan la luna,
y toco un
lucero.
Con mis
ojos de poeta
puedo ver
las cosas
pequeñas.
Mami, te mando un beso
Mami,
mamita,
cómo te
añoro, cómo te adoro.
Tú eres el
hada
de todos
mis cuentos.
Habitas en
el castillo
dorado de
mis sueños.
Siempre
estás ahí,
y cuando
te busco
siempre te
encuentro.
Si miras
bien,
en este
verso,
hallarás
un beso.
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